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viernes, 13 de diciembre de 2013

¿SOMOS INMUNES FRENTE A LA NAVIDAD?



En algunos países de tradición cristiana puede observarse que los preparativos de la Navidad comienzan muy temprano. Por ejemplo, particularmente en un país de Europa Central pueden verse desde mediados de septiembre algunos productos típicos en los estantes de los supermercados, que sugieren que la Navidad se acerca. En los sucesivos meses, esa aparición tímida de figuras y personajes “navideños” se va transformando en el centro de atención del consumidor. En los programas radiales es posible escuchar al locutor hacer la cuenta regresiva –con más de un mes de anticipación– de los días que faltan para la celebración de dicha festividad.
Tanto derroche de personajes de chocolate y mazapán pareciera no significar debidamente la Navidad, ya que paradójicamente, esa sociedad preocupada por cumplir con todas las tradiciones, se encuentra inmune al verdadero significado de la Navidad. ¿Será tal vez que el exceso sin significado inmuniza?
Contrariamente al ejemplo anterior pueden verse en otras latitudes del mundo personas que, con marcado desinterés, festejan la Navidad solo porque así lo indica el calendario.
Sea por exceso o por desidia, muchas personas se están perdiendo de festejar y disfrutar el verdadero significado de la Navidad.
Pero el ángel les dijo: No tengan miedo. Miren que les traigo buenas noticias que serán motivo de mucha alegría para todo el pueblo. Hoy les ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lucas 2:10-11, NVI). ¡Cuán confortantes son las palabras de esta cita bíblica! En ellas podemos encontrar claramente el verdadero sentido de la Navidad: El nacimiento de nuestro Señor Jesucristo. Y no solo eso, sino que también podemos ver todos los beneficios que trajo a la humanidad: buenas noticias, alegría, salvación…
Probablemente nos encontremos inmunes al mensaje de Navidad, pues después de haber escuchado tantas veces las mismas frases –sin conocer de manera personal su significado–, se nos han hecho huecas. Pero hay buenas noticias para todo aquel que quiera volver a descubrir la importancia de esta festividad. Jesús, el Hijo de Dios, nació, vivió, murió y resucitó para que toda la humanidad tenga vida y en abundancia: …yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Juan 10:10, NVI). Ese bienestar interior que todos anhelamos es la vida abundante que Jesús nos ofrece; Él hace posible que todo alrededor nuestro vuelva a tener sentido, aún aquello que creíamos perdido. Él puede restaurarnos de ese estado de resistencia –muchas veces infundado– que teníamos a las cosas de Dios.
Simplemente tenemos que acercarnos a Jesús con un corazón sincero y decirle que reconocemos que hemos vivido sin Él y por lo tanto estábamos alejados de Dios a causa del pecado. Los brazos del Hijo de Dios están abiertos para recibir a todo aquel que se arrepiente de corazón y le entrega su vida. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Juan 3: 16, NVI).
Creer en Jesús es la clave para que la Navidad vuelva a tener significado.

Patricia Götz 

lunes, 9 de diciembre de 2013

LA NAVIDAD SÓLO TIENE QUE VER CON JESÚS


navidad biblia Jesus


VIERON AL NIÑO Y POSTRÁNDOSE LO ADORARON” Mateo 2:11

Nació en el lugar más humilde, pero los cielos resonaron con los cánticos de los ángeles.

Nació en un establo, sin embargo una estrella trajo a ricos y nobles desde miles de kilómetros de distancia para adorarlo.

Su nacimiento fue en contra de las leyes de la vida y su muerte contraria a las leyes de la muerte; sin embargo no existen milagros más grandes que su nacimiento, su vida, su resurrección y sus enseñanzas.

No era dueño de campos de trigo, ni de pescaderías, pero a pesar de ello alimentó a cinco mil personas y aún sobraron panes y peces.

Nunca sus pies pisaron lujosas moquetas, pero caminó por las aguas y éstas lo sostuvieron.

Su crucifixión fue el crimen de los crímenes, y sin embargo a los ojos de Dios, ése era el único precio suficiente para hacer posible nuestra redención.

Cuando murió, pocos lo lloraron, pero Dios puso un velo negro delante del sol para oscurecerlo.

Los que lo crucificaron no temblaron ante lo que estaban haciendo, pero la tierra se estremeció bajo sus pies.

El pecado no pudo tocarlo. La corrupción no pudo deshacer su cadáver.

La tierra enrojecida por su sangre no pudo atrapar el polvo de su cuerpo.

Predicó el evangelio durante tres años. No escribió ningún libro, no creó ninguna organización ni tuvo sede social. A pesar de todo, dos mil años más tarde, Él sigue siendo la figura central de la historia humana, el tema constante de toda predicación, el eje sobre el cual giran las edades y el único Redentor de la raza humana.

En estos días de celebraciones y de regalos, unámonos a los sabios reyes del oriente, quienes “vieron al niño” y postrándose lo adoraron” (Mateo 2:11). ¡No olvidemos nunca que la Navidad sólo tiene que ver con Jesús!